DEBATE. CATÁSTROFE ECOLÓGICA, COLAPSO, DEMOCRACIA Y SOCIALISMO (2º PARTE)

DEBATE. CATÁSTROFE ECOLÓGICA, COLAPSO, DEMOCRACIA Y SOCIALISMO (2º PARTE)

Comentario Previo

El siguiente comentario fue escrito por el líder eco-radical y organizador del movimiento “Deep Green Resistance” (DGR) Max Wilbert sobre la primera parte del debate “Catástrofe climática, Colapso, Democracia y Socialismo” entre el reconocido intelectual estadounidense Noam Chomsky, el exponente chileno de la nueva ideología del marxismo colapsista Miguel Fuentes y el climatólogo Guy McPherson. El comentario de Wilbert destaca tanto por el uso de algunos conceptos interpretativos de la llamada ecología profunda (corriente teórica a la que aquel adscribe), así como también de los principios políticos de su propia organización (DGR).

Marxismo y Colapso

¡Esa era ha terminado! ¡Esta es nuestra realidad!

1. En una discusión reciente entre posturas ecosocialistas y enfoques colapsistas representada por Michael Lowy (Francia), Miguel Fuentes (Chile) y Antonio Turiel (España), Lowy negó constantemente la posibilidad de un colapso capitalista autoinducido y criticó la idea de la imposibilidad de detener el cambio climático antes de que aquel alcance el nivel catastrófico de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global. ¿Crees que el curso histórico se dirige hacia un derrumbe social global comparable, por ejemplo, a procesos anteriores de colapso civilizatorio o quizás a algo incluso peor que los vistos en la antigua Roma u otras civilizaciones antiguas? ¿Es inevitable hoy un cambio climático catastrófico? ¿Es concebible un proceso cercano de extinción humana como resultado de la superposición de la actual crisis climática, energética, económica, social y política y el camino suicida de la destrucción capitalista? (Marxismo y Colapso)

A lo largo de la historia, todas las civilizaciones socavan sus propios cimientos ecológicos, se enfrentan a enfermedades, guerras, inestabilidad política, la ruptura de las cadenas de suministro básicas y, eventualmente, al colapso. La tecnología moderna y el conocimiento científico no nos hacen inmunes a este patrón. Por el contrario, a medida que nuestra civilización global ha utilizado más energía, se ha expandido y crecido su población a una escala nunca vista en la historia, la caída será seguramente peor. Todo lo que sube tiene que bajar. Esta es una ley de la naturaleza. La única pregunta es cuándo.

La civilización industrial moderna

El argumento del profesor Chomsky de que el colapso de la civilización se puede evitar a un costo relativamente menor; por ejemplo, desviando el 2-3 % del PIB mundial para una transición a las energías renovables y para financiar un “Green New Deal”, no se condice con las limitaciones físicas que enfrenta la civilización en la actualidad. El sistema energético mundial, que impulsa la completa economía mundial, es la máquina más grande que existe y fue construida durante más de un siglo en un período de abundantes combustibles fósiles y materias primas (sobre todo minerales) de fácil acceso. Fue alimentado por los últimos remanentes de la antigua luz solar, combustibles fósiles condensados en una forma de energía extremadamente densa que es fungible y fácilmente transportable.

Esa era ha terminado. Las reservas de fácil acceso de minerales, petróleo y gas se han terminado y hace ya mucho que nos encontramos en la era de la extracción de energía extrema (fracking, excavación en aguas profundas, perforación en el Ártico, explotación de arenas bituminosas, etc.). Reemplazar los combustibles fósiles con energía solar y eólica y simplemente descontinuar el uso de los combustibles líquidos y sólidos (que todavía representan aproximadamente el 80% del uso de energía) en favor de la electrificación del transporte, la calefacción, etc., no es una tarea sencilla en una era de declive de la disponibilidad energética, costos crecientes, clima extremo, inestabilidad político-financiera y de escasez de recursos. Esto sin considerar que las llamadas tecnologías “renovables” también se encuentran asociadas a importantes desastres ambientales (por ejemplo, piénsese en los impactos de los proyectos de energía solar en las tortugas del desierto, los de la energía eólica en las poblaciones de murciélagos y los de la minería de litio en los urogallos y otras aves). Lo anterior incluso en el caso de que reduzcan efectivamente nuestra huella de carbono, lo cual aún no está probado por fuera de los modelos.

El colapso de la producción industrial (Los límites del crecimiento)

En la práctica, las tecnologías de energía renovable parecen estar sirviendo en gran medida como una inversión rentable para las elites mundiales, como una vía de canalizar el dinero público a manos privadas y como una distracción tanto de la escala que tienen hoy los problemas ecológicos que enfrentamos (de los cuales el calentamiento global está lejos de ser el peor), así como también de la magnitud de las soluciones que se necesitan. Se trata, como señala Miguel Fuentes, de una reestructuración cosmética más bien tímida del orden político y económico dominante.

En nuestro libro “Mentiras verdes resplandecientes: ¿cómo el movimiento ambientalista perdió el rumbo y qué podemos hacer al respecto?”, mis coautores y yo llamamos a esto “resolver la variable equivocada”. Escribimos: “Nuestra forma de vida (la modernidad industrial) no necesita ser salvada. El planeta necesita ser salvado de nuestra forma de vida (…) no estamos salvando la civilización; estamos tratando de salvar el mundo”. Científicos como Tim Garrett de la Universidad de Utah modelan la civilización como un “motor térmico”, un modelo termodinámico simple que consumirá energía y materiales hasta que ya no pueda hacerlo más, y luego colapsará. Joseph Tainter, el estudioso del colapso, escribe que “en la evolución de una sociedad, la inversión continua en la complejidad como una estrategia de resolución de problemas produce un rendimiento marginal decreciente”. Esta es nuestra realidad.

Ya sea que prevalezca la cordura y tengamos éxito en la construcción de una nueva política y nuevas sociedades organizadas en torno a una rápida reducción de la empresa humana a niveles sostenibles, o si continuamos por el camino de business-as-usual en el que estamos, el futuro parece sombrío o bien mucho más terrible. El calentamiento global seguirá empeorando durante décadas, esto incluso si, por algún milagro, somos capaces de desmantelar la industria de los combustibles fósiles y restaurar la ecología de este planeta. La sexta extinción masiva y el colapso ecológico no son un futuro lejano. Estamos en lo más profundo de estos eventos y aquellos han ido empeorando durante siglos. La pregunta no es “¿podemos evitar la catástrofe?”. Es demasiado tarde para eso. La pregunta es, “¿cuánto del mundo será destruido? ¿Sobrevivirán los elefantes? ¿Los arrecifes de coral? ¿Los tigres? ¿La selva amazónica? ¿Los humanos? ¿Qué dejaremos atrás?

Quiero dejar atrás tanta biodiversidad e integridad ecológica como sea posible. La extinción humana parece poco probable, al menos en las próximas décadas, asumiendo claro que el actual calentamiento global desbocado no se acelere más rápido de lo previsto. “Improbable” no es “imposible”, pero somos 8 mil millones y nos caracterizamos por ser profundamente adaptables. Estoy mucho menos preocupado por la extinción humana que por la extinción de innumerables otras especies (cien por día). Estoy mucho más preocupado por el colapso de las poblaciones de insectos o las poblaciones de fitoplancton (que proporcionan el 40% de todo el oxígeno del planeta y son la base de la red alimentaria oceánica). El tejido de la vida misma se está deshilachando, y estamos condenando a generaciones humanas no nacidas a un futuro infernal y a innumerables no humanos a la extinción. La extinción llegará para los humanos, en algún momento. Pero en este punto, no estoy preocupado por nuestra especie, sino que por la vida de mis sobrinos y sus hijos, y por el salmón al borde del exterminio, y por los últimos bosques vírgenes que quedan.

2. ¿Se ha convertido la especie humana en una plaga para el planeta? Si es así, ¿cómo podemos aún conciliar la supervivencia de la vida en la Tierra con la promoción de los valores tradicionales modernos asociados con la defensa de los derechos humanos y sociales (que requieren el uso de grandes cantidades de recursos planetarios) en un contexto de un aumento potencial de la población mundial que podría llegar a más de doce mil millones de personas este siglo? Esto último en un contexto en el que (según varios estudios) el número máximo de humanos que la Tierra podría haber sostenido sin una alteración catastrófica de los ecosistemas nunca debió haber superado los mil millones. ¿Puede el concepto moderno de democracia liberal (o incluso socialista) y sus principios supuestamente relacionados de libertad individual, identitaria, de género o cultural sobrevivir a nuestra aparente situación geológica terminal, o será necesario encontrar nuevos modelos de organización social, por ejemplo, en los presentes en varias sociedades indígenas o nativas? ¿Pueden conciliarse armónicamente los derechos de supervivencia de las especies vivas de la Tierra, los derechos humanos y el concepto de libertad individual moderna en el contexto de un desastre ecosocial global inminente? (Marxismo y Colapso)

El crecimiento de la población humana puede representarse como un gráfico de palo de hockey que se corresponde casi exactamente con el uso creciente de energía. La mayor parte del nitrógeno en nuestra dieta proviene de fertilizantes basados en combustibles fósiles. Norman Borlaug, el criador de plantas que ganó el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en la Revolución Verde, dijo en su discurso de aceptación que “estamos tratando con dos fuerzas opuestas, el poder científico de la producción de alimentos y el poder biológico de la reproducción humana (…) No puede haber un progreso permanente en la lucha contra el hambre hasta que las agencias que luchan por el aumento de la producción de alimentos y las que luchan por el control de la población no se unan en un esfuerzo común”.

Idealmente, esta situación podría abordarse humanamente mediante la educación y la disponibilidad de servicios de planificación familiar y de control de la natalidad para la mujer. El mejor ejemplo de esto proviene de hecho de Irán, donde bajo una teocracia religiosa, a raíz de la guerra Irán-Irak, las tasas de natalidad se redujeron desde alrededor de siete niños por mujer a un nivel menor a la tasa de reemplazo en poco más de una década (la política fue desde entonces revertida, y la tierra y el agua de Irán están pagando hoy el precio). Técnicamente, es bastante fácil solucionar la sobrepoblación de manera humana; simplemente hay que reducir las tasas de natalidad por debajo de los niveles de reemplazo, y luego esperar. Políticamente es mucho más difícil. Como hemos visto con la reciente perdida del derecho al aborto en los Estados Unidos, la batalla política por el control de la reproducción de las mujeres está viva y coleando, siendo aún la ecología básica un anatema para muchos líderes políticos y poblaciones.

A menos que tomemos medidas para reducir nuestra población voluntariamente, sucederá de forma involuntaria ya que la ecología del planeta no podrá seguir sustentándonos. Eso será duro. Cualquier especie que exceda la capacidad de carga del medio ambiente en el que vive experimentará un colapso de su población, generalmente debido al hambre, las enfermedades y la depredación. Esa es nuestra elección. O tomamos las decisiones correctas o pagamos el precio.

La sobrepoblación humana

La diferencia entre nuestra situación actual y la civilización del Valle del Indo o el Imperio Romano es que la civilización contemporánea está globalizada. El colapso de la civilización industrial global, como dije antes, se acerca. No creo que pueda detenerse en este punto; de hecho, creo que ya está en marcha. Pero el colapso tampoco es simplemente un colapso caótico de la noche a la mañana de todo el orden social. Podemos definir el colapso como una simplificación rápida de una sociedad compleja caracterizada por el derrumbe de sus instituciones políticas y sociales, por un retorno a formas de vida localizadas y de baja energía y, por lo general, por una reducción significativa de la población (lo cual es una forma agradable para decir que un gran número de personas muere).

El colapso debe contemplarse como teniendo elementos buenos y malos. Los buenos elementos, desde mi perspectiva, incluyen reducir el consumo y el uso de energía, localizar nuestras vidas y lograr que ciertas instituciones destructivas (por ejemplo, la industria de los combustibles fósiles) desaparezcan. Los elementos negativos pueden incluir el quiebre de la seguridad básica y el aumento de la violencia, la hambruna masiva, las enfermedades y la destrucción de los bosques locales para obtener leña, en caso de que ya no haya electricidad disponible para la calefacción. Algunos aspectos del colapso tienen elementos de ambos. Por ejemplo, el colapso de la agricultura industrial sería increíblemente beneficioso para el planeta, pero conduciría a la muerte masiva de humanos.

Si el colapso se avecina independientemente de lo que queramos, es nuestra responsabilidad moral y ecológica tanto sacar lo mejor de la situación ayudando y acelerando los aspectos positivos del colapso (por ejemplo, trabajando para reducir el consumo y desmantelando la infraestructura petrolera), así como también ayudar a prevenir o mitigar los aspectos negativos (por ejemplo, trabajando para reducir el crecimiento de la población y construir sistemas alimentarios sostenibles localizados).

Mientras escribo esto (…) miro un prado entre robles de 80 años. Un ciervo y su cervatillo caminan por la hierba. Los pájaros cantan en los árboles. Un avión de pasajeros ruge en lo alto y el murmullo del tráfico flota sobre las colinas. (…) Existe una contradicción fundamental entre la civilización industrial y la ecología, y las tensiones orgánicas creadas por esta contradicción están aumentando. Estos son tiempos desesperados y revolucionarios… ¡y es nuestra responsabilidad navegarlos!

Max Wilbert, agosto 1, 2022

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